El peligro no es la limpieza. Es la herramienta.
La cal es carbonato de calcio y de magnesio, y el carbonato se disuelve en ácido: esa es toda la química y no es complicada. Lo que justifica una página entera es que un grifo es una película muy fina de cromo sobre latón, y que las cosas que la gente usa para quitar la cal atraviesan justamente esa película. Un estropajo la corta. El ácido clorhídrico —la base de casi todos los desatascadores de WC— se la come. La lejía pica el acero inoxidable. El agua hirviendo endurece las juntas de goma del cartucho, que entonces gotea. Cada uno de esos daños es una reparación mucho más cara que la cal, y ninguno es necesario, porque la cal se va con un paño suave y un ácido suave al que se le dan veinte minutos.
Así que la regla de trabajo de esta página es: el ácido sí, la fuerza no. El ácido cítrico es el que hay que usar —lo bastante fuerte para disolver cal dura a 200 g/L en agua tibia, lo bastante suave para que los fabricantes que prohíben el vinagre en acabados galvanizados lo recomienden igualmente, y no huele a freiduría. El vinagre también sirve para cal ligera y acabados normales, más o menos a partes iguales con agua, pero es ácido acético y algunos acabados de gama alta no lo toleran. Y sea cual sea el producto, ponlo en el paño en vez de pulverizarlo sobre el grifo: el líquido pulverizado corre hacia el cuerpo y se queda parado contra las juntas.
Una frase, treinta segundos, y las dos primeras averías quedan separadas
Desenrosca el aireador y vuelve a abrir el grifo. Esa es la prueba, y no cuesta nada.
- El caudal se vuelve inmediatamente fuerte y recto. La cal estaba en el aireador —esa pieza pequeña que va roscada en el extremo, con dos o tres rejillas dentro. Es el caso más frecuente con diferencia, arreglarlo es gratis, y si la rejilla está rota cambias el aireador entero por menos que un café.
- Sigue flojo. Entonces la restricción está en el cuerpo o en el cartucho, y nada de lo que hagas en el extremo servirá. Otra reparación, más abajo en esta página.
- El caudal nunca fue el problema — solo hay manchas blancas en el cromo. Eso es cosmético, es el más fácil de los tres, y es también donde la gente hace más daño, porque una mancha blanca invita a frotar y frotar se lleva el acabado.
Merece la pena conocer bien el aireador. Su rejilla es fina —agujeros de medio a ocho décimas de milímetro— así que retiene arenilla, escamas de óxido y fragmentos de cal, y el color de lo que sale informa sobre tu suministro: escamas rojizas son óxido y delatan corrosión aguas arriba, los bloques blancos duros son la cal esperada, y el polvo pardo-amarillo es arena que llega de fuera. Un aireador sano hace salir el agua lechosa y semitransparente, sin ruido y sin salpicar; un chorro claro que salpica significa que el camino de mezcla de aire de dentro sigue tapado. Y cuando lo desmontes, pon un cuenco debajo: hay una junta de silicona ahí dentro que se cae y no se vuelve a ver, y un grifo que gotea por la salida tras montarlo suele ser esa junta y no la rosca.